Son las doce del mediodía. Los chicos y chicas con sus trajes de primera comunión entran en la iglesia. Padres, madres, hermanas, hermanos, tías y tíos…siguen haciendo fotografías con sus teléfonos móviles y sus cámaras digitales compactas.
Alguna persona graba en vídeo. Un grupo de cuatro alumnas acaba de graduarse. Tras sus estudios universitarios “autoposan” entrelazadas y disparándose mutuamente con sus teléfonos móviles, “ipods”, androides.
Avanza la manifestación y cada cierto tiempo se ve a muchos manifestantes hacer las veces de reporteros con sus diferentes aparatos.
Último día de colegio. El niño o la niña actúan en un teatrillo. Hay abuelas y hasta cuidadoras que intentan captar, que no inmortalizar, la ocasión…Y así sucesivamente en un sinnúmero de situaciones cotidianas. Se dirá eso de “luego me las mandas” o “mañana las subo”. Millones de fotografías se disparan a diario. Llama la atención la escasez de fotógrafos profesionales. Podría ser un pequeño pueblo de seiscientos habitantes o una gran ciudad, las escenas son casi idénticas. Los establecimientos fotográficos también escasean. En realidad se han ido rarificando. Muchos han cerrado y sólo algunos, muy pocos, han crecido. Por otra parte hay establecimientos relativamente nuevos que venden o bien aparatos de telefonía móvil, de informática o de todo un poco. Mis hijos tienen teléfonos móviles y hacen fotos desde hace ya algunos años. Las suben y las bajan, las comparten y las eliminan, las ven y las siguen a diario…
Ahora, domingo por la tarde, cuando el tiempo se me para, abro mi armario y mi memoria. Ahí están las fotografías de toda mi vida, las de las vidas de mis padres, abuelos, tíos, primos y algunos bisabuelos. Cartones de las tarjetas de visita y de gabinete escritos con tinta de los últimos años del siglo XIX: “Recuerdo de tus primas que mucho te quieren” o “Te dedica este recuerdo tu nieta…”; las fotografías en blanco y negro, algunas muy pequeñas y otras un poco mayores, con los bordes picudos o rectos, las primeras fotos en color, las instantáneas de Polaroid, los negativos de diferentes tamaños, las diapositivas…
Además me he ido interesando en conocer la Historia del fenómeno fotográfico y sus técnicas y materiales: daguerrotipos con su impresionante acutancia, los negativos en cristales, las fotografías estereoscópicas…imágenes de diferentes temas y de lugares muy concretos, cercanos o lejanos. Y de un tiempo muy corto a esta parte las digitales: tarjetas de memoria XD o CF, memorias externas de varios tipos, discos, ordenadores, espacios virtuales conectados a la red de redes…¡Cómo ha ido cambiando todo!
Miro sólo a mi infancia y veo las grandes diferencias con respecto al momento que vivimos. Nunca se han hecho tantas fotografías, si podemos seguir llamándolas así. Nunca se han valorado tan poco como para no dedicarles un mínimo de tiempo a verlas, a contemplarlas, a datarlas. Nunca se han usado para tantas funciones como ahora. Nunca las fotografías, por otra parte, han estado tan presentes en prácticamente todos los aspectos de nuestra vida. Nunca hubo tantas polémicas y hasta denuncias y juicios. Nunca se estudiaron tanto ni se hicieron, paradójicamente, tantos esfuerzos para conservarlas.
Esta es una especie de radiografía de bolsillo sobre la situación actual en cuanto al apasionante, contradictorio, valorado y devaluado mundo de la Fotografía. Mientras millones de personas las hacen, almacenan, suben y bajan, envían y reciben, cortan y pegan, copian, plagian o usan con o sin derechos, eliminan o transforman, tratan o editan… algunos cientos de miles las coleccionan, las observan, las estudian, las conservan, las admiran, las aman…
Cuando más fotografías y con más naturalidad se hacen más problemas surgen por hacerlas. Mas limitaciones legales y más obstáculos hay para captar o interpretar la realidad. Entras en una sala de exposiciones o en un museo a ver fotografías y te prohíben hacerlas. Choca la prohibición cuando estás viendo imágenes tomadas a hurtadillas o quizás contraviniendo las leyes de determinados lugares. Estás en plena calle y hay quienes te recriminan. Si la cámara es buena muchas personas te miran y hay quienes confunden fotografía con televisión…¡qué, periodista! ¿de qué cadena es “usté”? Si eres un poco raro y te tiras al suelo, te miras en una superficie reflectante o captas escenas un tanto chocantes hay quien te aconseja que vayas a tal plaza a ver no sé qué monumento. Otras veces oigo eso de ”está haciendo fotos artísticas, de esas raras de los concursos, ¡no lo ves!”.
Una de las personas que más sabe de fotografía de España y quizás a nivel mundial –Ángel Fuentes de Cía-comentaba en un curso que, cuando en China dejen de hacer las fotografías de los carnets en papel se acabó la Fotografía físico-química. Creo que algo de exageración hay pero a la vez mucho de verdad. Hoy hay gente que sigue revelando y positivando como hay quienes pasan cinco o seis horas seguidas puliendo paciente y metódicamente un trozo de metal para conseguir un daguerrotipo.
Y mientras tanto nos bombardean y nos disparamos a diario con fotografías. Enormes vallas, publicidad y propaganda por todas partes y para todo. Entras a tomar un vino o a comprarte unos zapatos, buscas coche o champú, vas a por el pan o a comprar carne y en todas partes hay fotografías. Abres tu correo y te llegan las típicas presentaciones con documentos impresionantes o mediocridades estructuralizantes: “osea que hay gente que tiene tiempo para estas cosas”, piensas. Y hay tantas fotografías, tan buenas, tan regulares y tan malas…y tan grandes y con papeles tan buenos… hay tanta imagen fluyendo a nuestro alrededor que se pierde la dimensión entre lo real y lo irreal, entre lo importante y lo superfluo, entre lo valioso y lo deleznable. Llega un momento en que la gente creo que no percibe esos mensajes, no los lee, no los decodifica y, en muchas ocasiones, no los valora. En un Kiosko de prensa cualquiera hay decenas si no centenas de publicaciones con miles de imágenes. Ese material es posible que sea diario, semanal o mensual, algo parecido a una auténtica masacre, a un derribo continuo.
Pero nuestro sistema es así. Las fotografías son también, hoy en día, antifotografías, reflejos efímeros, destellos a veces sólo perceptibles por el ojo especialmente dispuesto para captar la belleza. Es el contrasentido puro hecho imagen. Hay fabricantes de impresoras y papel fotográfico que garantizan su producto para cien años. El proceso de realización de una copia no llega a un minuto pero ¿habrá personas interesadas en conservarlas más allá de una temporada? Todo se ha hecho más rápido, como dice Zygmunt Bauman con su “vida líquida”…
Cuando yo era pequeño un carrete era algo indescriptiblemente mágico. Se captaba la imagen en una fracción de segundo. Podían pasar semanas o meses hasta que se acababa y se llevaba a revelar y positivar. El fotógrafo tardaba quince o veinte días que me parecían interminables por no decir infinitos. Llegaban las fotos y el corazón te latía más deprisa…Algunas de aquellas copias siguen estando ahí, en mi mente, en las paredes de mi casa o en algún álbum… como señales, como hitos, como marcas perdurables.
Sin embargo, ahora, miro, enfoco, disparo…si me da tiempo veo la imagen en la pantalla, la guardo, y, entre los miles y miles que van llegando sólo imprimo algunas porque quiero seguir disfrutando de ese placer de cogerlas por los bordes, de verlas, de colocarlas y de volverlas a ver cada cierto tiempo…A veces escribo los datos por detrás o se me ocurre escribir unas líneas sobre esa imagen en un papel aparte.
Mientras tanto se recopilan ingentes cantidades de negativos, de copias y de píxeles para intentar conservar ese Patrimonio que se caracteriza por esa capacidad de “congelar” el tiempo que tanto nos fascina. Conviven las fotografías y las antifotografías, lo efímero y lo más o menos duradero, la valoración y la inflación. En algún armario, en alguna estantería o cajón, en algún momento de esos en los que parece que se nos para el tiempo seguiremos contando con fotografías para devolvernos esa magia de la vida que también fluye.